





Las primeras cuatro pinturas son de John Constable. El resto pertenecen a Caspar David Friedrich
El romanticismo supone un hito para la humanidad porque ésta despierta. Después de siglos de contemplarse a sí misma, empieza a mirar hacia fuera, al paisaje. Pero ahora es de otro modo: es asombro lo que siente ante la fantástica naturaleza. Hasta entonces, más allá de los jardines, artificiales y adaptados a la escala humana, o del relajado y bucólico campo de cultivo, el mundo natural suponía amenaza, extrañeza, utilidad, temor o indiferencia. Gracias a este movimiento cultural y espiritual, que despertó sensibilidades por doquier, la naturaleza es redescubierta como lo que realmente es: fuente de vida, lenguaje divino, inspiración, hermosa matemática, misterio insondable, recogimiento, belleza, perfección sublime, y protección, casi maternal, frente a la inhumanidad mecánica de las ciudades. El hombre querrá acercarse, descubrirla, indagar en el alma profunda que nos une a ella. Así, pasa a ser protagonista por sí sola de cuadros, poesías o poemas musicales; también es estudiada con los instrumentos de la ciencia, y va ensanchando dudas en la curiosidad humana, despertando más ansias todavía de conocerla.
Al romanticismo le debemos la protección y el respeto por la naturaleza que ahora tenemos. Los primeros parques nacionales aparecen entonces, y también el montañismo, el senderismo o el turismo natural. Subir una cima, mirar más allá, extasiarse con la luna llena, recorrer el mundo en un velero o la afición al naturalismo, son fruto de aquella primera mirada. Aquel hito de nuestra historia hizo que pasáramos del temor al amor, y amar significa convertir lo amado en parte de nosotros mismos.
También es éste el gran siglo de las exploraciones, de los viajes, de los descubrimientos, del alpinismo y de la aventura; todo eso ha hecho, y sigue haciendo hasta ahora, que el pequeño ser humano se conozca mejor a sí mismo y a su mundo. Y supone un novedoso rejuvenecimiento de su vitalidad. El hombre se pone a prueba, y acaba encontrándose desnudo frente a su más verdadero y puro yo. La dura, salvaje, y transparente realidad de la naturaleza lo va puliendo, ofreciéndole la armonía profunda de la vida escrita en el universo.
Mirar de frente a la naturaleza es ampliar nuestro horizonte, y también es colocarse en un punto intermedio de la creación. Ahora sabemos que no somos los amos ni el eje del mundo. Que sobre nosotros, y bajo nosotros, se extiende una infinita realidad, dispuesta a ser conocida y amada.
Volarela
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1 comentarios:
increíble comentario el romanticismo y la naturaleza. Totalmente de acuerdo, tenemos que aprender a reconocer la naturaleza como parte de nosotros mismo, tenerla respeto y saber que sin ella la vida humana sería casi imposible.
Un saludo!
Lucía
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