
Copio aquí un fragmento de un cuento de Giovanni Papini que encuentro especialmente original, pero sobre todo, muy estimulante. Es un cuento que incita a la acción, a la decisión de cumplir nuestros sueños.
El cuento se titula "Los consejos de Hamlet" ("Palabras y sangre", Plaza & Janes, 1962)
[] Y, sobre todo, hagamos proyectos, amigos míos. Hagamos muchos, grandes, continuos proyectos. ¿No es acaso, el proyecto, el té, el café, el opio, el hachís de nuestra vida? ¿No es, tal vez, el sustituto, la prenda de la realidad?
[] Dos felicidades, ¡Oh, divino! concedes a los hombres. La de tener un pretexto para no hacer nada en la espera de la elección, y la de persuadirse de que se goza en el presente lo que se medita para el futuro. Tú eres, pues ¡oh proyecto!, el doble y santo sendero del reposo, la doble escala de la ascensión al ocio perfecto.
¡Hagamos, pues, proyectos, amigos! Que nuestra vida esté hecha de planos y dibujos. Que la muerte no encuentre en nosotros más que promesas, que la vida no sea para nosotros más que una espera de lo eterno. Pero ¿qué digo? Todo esto a lo que os exhorto lo hacéis vosotros, lo habéis hecho. Confesadlo, no habéis hecho nada más que esto. ¿No somos, por ahora, hombres que hacen un consumo enorme de fantasía, y no somos, tal vez, los castos novios de la vida y de la gloria?
Sentimos bramar en torno a la vida como un gran mar entre los cantos de las sirenas y el estrago de las carnicerías. Pero nos hallamos todavía aquí, en la orilla, con los pies entre la arena que cede; ni siquiera hemos atravesado las primeras olas. y no todos estamos en la orilla. Muchos están todavía encerrados en sus casas, en sus viejas casas, junto al hogar paterno o en la celda mística. y yo veo a esos muchachos que extienden grandes mapas ante ellos y señalan con el dedo y siguen con los ojos los confines. Y encima de cada mapa está escrito: "El mundo".
Todas las noches, cuando las estrellas se hacen más pensativas, cuando los hombres vuelven de sus trabajos y tienen tiempo de pensar en lo que han hecho o harán; cuando se oyen en los caminos los cantos y los sones de aquellos que no pueden olvidar, nosotros nos ponemos ante nuestros mapas y buscamos con los ojos, un poco húmedos, y la mano, un poco temblorosa, el itinerario de nuestra vida.
¡Terrible ansiedad de esas horas de investigación! ¡Terrible pavor de los abismos y de los pantanos! Todo está dibujado en estos mapas con rayas ligeras de distintos colores. A una parte el País de la Ternura, coloreado de azul y de rosa, con tupidos bosquecillos, con riachuelos de plata en los que bullen los pececillos de oro. Pero también hay el País del Terror, oscurecido por las selvas, manchado de sangre, erizado de montañas, sin ríos ni lagos, árido y despiadado como el corazón de los que mueren de ira.
Y a su lado, por extraña casualidad, se halla el País del Sueño, cubierto de móviles vapores, lleno de ágiles linces, de fantasmagorías, con desiertos que se animan al soplo de la Morgana, con precipicios que hacen nacer, por milagro, los puentes bajo los pies de los peregrinos. Y más lejos, se ve el País del Comercio, con su tierra bien abonada y sus depósitos bien llenos: el País de Dios, con las espadañas de las ermitas y la armonía de las basílicas; el País de la palabra, rumoroso de gritos e hiriente de silbidos.
Nosotros vemos todas esas comarcas y otras muchas en el mapa del mundo, por la noche, a la luz familiar de la lámpara. Y vemos los caminos que llevan a los tesoros y que llevan a los éxtasis, que nos conducen a la cuna del niño o nos lanzan al océano sin orillas, que tienen por meta la locura o la potencia, la fosa o el trono. Todo lo vemos y seguimos señalándolo en el mapa con nuestros dedos fabriles. Y las horas pasan graves y tristes, pasan los hombres que alborotan, pasan las mujeres que ríen, y nosotros continuamos siguiendo las sinuosidades de los caminos y descubrimos los atajos, adivinamos los senderos en indicamos, a nuestro cuerpo que espera, el retiro perfecto o la conquista de cada tierra. Entre tanto, el tiempo pasa con su tácita crueldad. Le oímos a nuestra puerta cómo patalea como un ejército de demonios descalzos. Cada día es un demonio, cada hora es un demonio, cada minuto es un demonio, ¡oh, amigos! ¿Nadie se da cuenta, nadie se atreve a decirlo? ¿Tendré, pues, que recordaros, con espanto, que cada día, cada hora, cada minuto nos hace menos jóvenes, menos fuertes, menos eternos? ¿Tendré que haceros temblar pensando en la muerte del tiempo, en la muerte de la vida, en la muerte que no conoce redentores, que no sabe de resurrecciones? ¿Tendré que deciros, una vez más, con angustia, que tenemos muy poco hilo que desmadejar, leve aire para respirar, pocas bocas para besar, pocos instantes para crear?
[] ¿Debemos consumir la vida, fibra a fibra, gota a gota, para decir aquello que nos proponemos hacer en vez de hacerlo; para dibujar con graciosas curvas los viajes que no realizaremos; para figurar en el mapa los triunfos que no obtendremos; o trazar las carreteras que no recibirán la huella de nuestros zapatos?
Un pequeño esfuerzo, amigos. Lancémonos a aquel furioso y espumoso mar que tanto nos atrae en el mapa. El mar es un dios prudente que sabe guardar los secretos, que no nos traicionará. No lanzará a la orilla los cadáveres de nuestros propósitos. Terminemos, de una vez, de narrar con bellas palabras lo que somos y lo que intentamos ser, cesemos de proponernos con acentos heroicos las fugas nocturnas y las exploraciones- y marchemos. Que, por última vez, las palabras dejen de ser lacayos que no siguen a ningún rey.
¡Volvámonos hacia el sur o hacia el norte! ¡Clásicos o románticos, qué importa! Líricos o dialécticos; señores de palabra o capitanes de voluntad; aquello que queramos o podamos o sepamos. Pero hagamos algo; en nombre de Dios, démonos a nosotros mismos, demos a los camaradas, a los enemigos, nuestra obra; la prueba de nuestra potencia conquistadora y generadora. Que cada uno de nosotros realice su propio trabajo, grande o pequeño, como sea; que cada uno recoja su cosecha, sea humilde avena o rubio trigo.
La nave está cerca de la orilla, en el puerto, pintada de negro alquitrán, con todas las velas desplegadas, con todas las banderas izadas. El capitán, a proa, espía el horizonte; el piloto se halla inclinado sobre la carta oceánica buscando la ruta futura. Pero la nave continúa cerca de la orilla, las áncoras están todavía agarradas al fondo, la nave no se mueve, la nave no zarpa aún.
En la puerta de la ciudad los caballleros han salido a caballo. El caballo está enjaezado, el caballlero lleva en la mano el arco nervioso, al costado la oscura espada. Pero el caballo no se mueve, el caballero no lanza flechas, la espada no sale de su vaina.
Tú, hombre, estás en el umbral de la vida y se perciben tus fríos ojos que miran a lo lejos, se oye el latido de tu corazón que desea y aborrece con igual vehemencia, se escucha tu respiración afanosa de fiera que está a punto de lanzarse a la tierra.
Pero a la hora de la espera sucede la hora de la impaciencia. La nave se mece sobre el espejo de las aguas y hace gemir las amarrras que la retienen a la tierrra -el caballo piafa y tiembla y adelanta el belfo hacia el prado, que husmea; hacia el campo que ondea...