Santuario interior. Tagore

Ferdinand Hodler




¡Cuánto tiempo dura mi viaje, y qué largo es el camino!

Salí en la carroza del primer albor, y caminé a través de los desiertos de los mundos, dejando el rastro por las estrellas infinitas.

La ruta más larga es la que sale más pronto a ti, y la más complicada enseñanza no lleva sino a la perfecta sencillez de una melodía.

El viajero tiene que llamar, una tras otra, a todas las puertas extrañas para llegar a la suya; ha de vagar por todos los mundos de fuera, si quiere llegar al fin a su santuario interior.



Rabindranaz Tagore (Ofrenda Lírica)



Ferdinand Hodler

Ascensión del vivir. Aleixandre

Santiago Rusiñol

ASCENSIÓN DEL VIVIR

Aquí tú, aquí yo: aquí nosotros. Hemos subido despacio esa montaña.

¿Cansada estás, fatigada estás? "¡Oh, no!", y me sonríes. Y casi con dulzura.

Estoy oyendo tu agitada respiración y miro tus ojos.

Tú estás mirando el larguísimo paisaje profundo allá al fondo.

Todo él lo hemos recorrido. Oh, sí, no te asombres.

Era por la mañana cuando salimos. No nos despedía nadie. Salíamos furtivamente,

y hacía un hermoso sol allí por el valle.

El mediodía soleado, la fuente, la vasta llanura, los alcores, los médanos;

aquel barranco, como aquella espesura: las alambradas, los espinos,

las altas águilas vigorosas.

Y luego aquel puerto, la cañada suavísima, la siesta en el frescor sedeño.

¿Te acuerdas? Un día largo, larguísimo: a instantes dulces; a fatigosos pasos; con pie muy herido:

casi con alas.

Y ahora de pronto,, estamos. ¿Dónde? En lo alto de una montaña.

Todo ha sido ascender, hasta las quebradas, hasta los descensos, hasta aquel instante que yo dudé y rodé y quedé

con mis ojos abiertos, cara a un cielo que mis pupilas de vidrio no reflejaban.

Y todo ha sido subir, lentamente ascender, lentísimamente alcanzar,

casi sin darnos cuenta.

Y aquí estamos en lo alto de la montaña, con cabellos blancos y puros como la nieve.

Todo es serenidad en la cumbre. Sopla un viento sensible, desnudo de olor, transparente.

Y la silenciosa nieve que nos rodea

augustamente nos sostiene, mientras estrechamente abrazados

miramos al vasto paisaje desplegado, todo él ante nuestra vista.

Todo él iluminado por el permanente sol que aún alumbra nuestras cabezas.

Vicente Aleixandre








Anglada Camarasa



Joaquín Sunyer de Miró


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Gauguin. El sueño pausado.






















Pinturas de Paul Gauguin



Gauguin es inclasificable. Es simplemente él, pintando a su modo, sin concesiones a la moda de su tiempo, con absoluta libertad, y con el placer de ser el único dueño de su arte. ¿Es quizá su lenguaje propio, espontáneo e íntimo lo que nos fascina?
Gauguin no pinta la naturaleza, el paisaje y las personas de un mundo ideal; pinta las vibraciones de su alma en un entorno ideal. Plasma los colores que capta su retina, envueltos en la música anhelante de su mundo interior; ésa que le brota, a veces con paz y otras con melancolía o nostalgia de una realidad imposible. Las mujeres de su isla, tan retratadas, no son tales: posan para él. Son figuras que posan, regalándole sus formas y colores para que él las transforme en poesía. Ellas forman parte de su ideario interno como formas dispuestas en una gran composición perfecta. Ese mundo hermoso, que escapa de todas sus pinceladas, obedece al emotivo paisaje de su mente, el cual va tomando de la naturaleza y de las gentes sencillas, el gesto, la forma dulce, libre y entregada.

En todas sus originalísimas composiciones vemos un ritmo lento y profundo, como detenido en el tiempo; un color evocador que es una delicia para los ojos. Sus cuadros nos trasmiten calma y encanto, pero también late, en algunos de ellos, una chispa de amenaza, o quizá inquietud, como si la belleza desnuda pudiera quebrarse de un momento a otro.
En definitiva, contemplando sus cuadros, siento desprenderse una melodía lírica y pausada, que va dejándome un regusto a verdad, a ensueño, a ideal vibrante.


Biografía de Gauguin:

http://www.epdlp.com/pintor.php?id=254

Decálago del artista. Gabriela Mistral
















Pinturas, de arriba a abajo, de: Dalí, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y Botticelli


I. Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo.

II. No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando a su semejanza.

III. No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el natural alimento del alma.

IV. No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino ejercicio divino.

V. No la buscarás en las ferias ni llevarás tu obra a ellas, porque la Belleza es virgen, y la que está en las ferias no es Ella.

VI. Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado a ti el primero.

VII. Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará el corazón de los hombres.

VIII. Darás tu obra como se da un hijo: restando sangre de tu corazón.

IX. No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de ser artista.

X. De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño, e inferior a ese sueño maravilloso de Dios, que es la Naturaleza.

Gabriela Mistral