
Cuando estamos solos en una noche estrellada; cuando por casualidad vemos que los pájaros que emigran en otoño descienden sobre un bosque de enebros para descansar y comer; cuando vemos a los niños en el momento en que son realmente niños; cuando conocemos el amor en nuestros corazones; o cuando, como el poeta japonés Basho, oímos que una vieja rana se zambulle en un estanque tranquilo, en tales ocasiones la inversión de todos los valores, la "novedad", el vacío y la pureza de visión que se hacen evidentes, nos dan una vislumbre de la danza cósmica.
Pues el mundo y el tiempo son la danza del Señor en el vacío. El silencio de las esferas es la música de un festín de bodas. Cuanto más persistimos en entender mal los fenómenos de la vida, cuanto más les consignamos extrañas finalidades y complejos fines humanos, más nos enredamos en tristeza, absurdo y desesperación. Pero eso no importa mucho, porque nuestra desesperación no puede alterar la realidad de las cosas, ni manchar la alegría de la danza cósmica que está siempre allí. En realidad, estamos en el centro de ella y la danza está en medio de nosotros, pues palpita en nuestras venas, queramos o no.
Sin embargo, queda el hecho de que estamos invitados a olvidarnos de nosotros mismos, a arrojar a los vientos nuestra horrible solemnidad y a unirnos a la danza general...
Thomas Merton (Nuesvas Semillas de Contemplación)










