Un día de playa en el. S. XIX. Grabados y acuarelas de Winslow Homer



Scarboro, Maine. Marea entrante


El mar. Ahora forma parte de nuestras vidas. Todos lo disfrutamos. Pero antiguamente, para mi sorpresa, la gente ¡no se bañaba jamás en el mar! Eso de tomar el sol para ponerse morenos habría sido visto como cosa de muy mal gusto, y bañarse, sólo los locos podían pensarlo, pues casi nadie sabía nadar; por tanto, el mar era, más que un placer, una amenaza. Bello, sí, pero desde lejos.
Pero con el nacimiento, en el siglo XIX de lo que ahora conocemos como turismo, la playa comenzó a ser fuente de esparcimiento y deleite. Los que podían se pagaban un viajecito a la costa; se hablaban maravillas de sus benefecios para la salud. En parte, el romanticismo contribuyó a acercar la majestuosidad y belleza natural a la gente que, hasta entonces, percibían la naturaleza sólo como objeto de uso.

El gran artista de finales del XIX y principios del XX, Winslow Homer, describe como nadie, en
sus grabados, la tibia placidez de un día de playa, y en sus pinturas, el poder y solemnidad del mar.



Cogiendo bayas


La hora de los niños


Dos son compañía


Marea baja


Niños en el puerto de Gloucester

***



























Casi de agua



Como el planeta, casi somos enteramente de agua. Ella fluye dentro y fuera de nosotros.

Os invito a ver este corto artístico, realizado por Loreto Ojeda. Es todo un poema visual donde el agua habla; y se expresa a través de imágenes íntimas y profundas, casi oníricas.



Octavio Paz. El pájaro



Pintura: Andrés Rueda: http://andresrueda.blogspot.com/



El pájaro




Un silencio de aire, luz y cielo.
En el silencio transparente
el día reposaba:
la transparencia del espacio
era la transparencia del silencio.
La inmóvil luz del cielo sosegaba
el crecimiento de las yerbas.
Los bichos de la tierra, entre las piedras,
bajo la luz idéntica, eran piedras.
El tiempo en el minuto se saciaba.
En la quietud absorta
se consumaba el mediodía.

Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vibró el cielo,
se movieron las hojas,
las yerbas despertaron...
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos.

Octavio Paz


Antonio Porpetta. Los ángeles del mar

Eduardo Naranjo


LOS ÁNGELES DEL MAR


Los ángeles del mar, cuando llega la noche,
arrastran suavemente a los ahogados
hasta playas amigas,
y allí limpian sus cuerpos de algas y medusas
y peinan su cabellos con esmero
para que no parezcan tan difuntos
y sus madres, al verlos,
no piensen en la muerte.
A veces depositan sobre sus pobres párpados
dos denarios de plata recogidos
de algún pecio profundo
para borrar el miedo de sus ojos
y que el asombro vuelva a sus pupilas,
o ponen en sus manos caracolas y pétalos
como si fueran niños que dormidos
quedaron en sus juegos.
Finalmente, con leves movimientos,
abanican sus rostros muy despacio
y ahuyentan de sus labios las últimas palabras
dejándoles tan sólo los nombres de mujer...
Casi siempre suplican a los altos querubes
que trasladen sus almas con cuidado,
porque el mar dejó en ellas salobres arañazos,
golpes de barlovento, heridas abisales,
y en el más largo instante
vieron cómo sus vidas se alejaban, se hundían
en el temblor callado de las aguas,
y con sus vidas iba su memoria,
y en su memoria todo cuanto amaron
o pudieron amar,
y su dolor fue grande...

Cumplida su misión, vuelan los ángeles
hacia las blancas ínsulas del sueño,
y los ahogados quedan
solitarios y espléndidos


en sus dorados túmulos de arena,
serenos como dioses,
dignos en su derrota,
esperando que nazca la mañana,
que les cubra la luz,
que jamás les alcance
el frío del olvido.


Antonio Porpetta