La almohada

                                                   


LA ALMOHADA

No era normal. Yo lo veía extrañísimo. Un bulto blanco en mitad de la carretera.
Paré, bajé de mi moto y comprobé que era una almohada. La coloqué en el arcén. Pero al tocarla mi mano se hizo blanda y ligera, como de plumas. Era muy extraño. Después apareció en mis dedos una gota de agua, y tuve la absurda y angustiosa sensación de que se trataba de una lágrima. Me agaché, a pesar de mi espanto, y observé la almohada. Estaba sucia y rota. Había sido humillada por las ruedas de los coches. Pero percibí una hondonada pequeña en el centro, como si hubiera quedado grabada para siempre la huella de la cabeza de su propietario. Al poco tiempo, oí claramente el sonido de un llanto. Me estremecí. Quise irme de allí, pero algo me retenía. Comencé a percibir un intenso olor a velas, vívidos lamentos, repetitivos rezos... Por unos instantes, mi mente quedó atrapada en aquella densa tristeza. Miré a mi alrededor. Una brisa muy suave movía los árboles. Y anochecía. Respetuosamente y muy despacio, llevé la almohada a un lugar oculto entre los pinos y la cubrí de pinocha. Me arrodillé ante ella. No sé por qué. Entonces un extraño pájaro comenzó su canto. Luego, otro le respondió. En muy poco tiempo todo el bosque resonaba con sus cantos.

Eran trinos desconocidos, con un tono tan agudo, sublime y melodioso como jamás hubiera imaginado. Sentí una enorme sensación de bienestar recorrer mi cuerpo; como si un arco iris tuviera dedos y los pusiera como una madre sobre mis ojos. Casi tuve el impulso de dormirme allí mismo, como abrazada por la vida, en ese estado de perfecto y blando recogimiento. Pero me levanté a la fuerza y dirigí mis pasos hacia mi moto para seguir mi viaje.
Para mi sorpresa vi, sobre el sillín, un niño pequeño que me contemplaba con los ojos muy abiertos, intensamente azules como dos lirios.

Comenzó a sonreírme con la belleza de las nubes aterciopeladas del atardecer. Comprendí que era el propietario de la almohada. En un instante fugaz vi cómo ascendía envuelto en un manto púrpura para perderse en los secretos aires del infinito.


***


Foto y relato: Maite Sánchez Romero (Volarela)

Niña de oro


                                                                                                                           Imagen: Google                                                      




NIÑA DE ORO



"Violines de espuma,
contrabajos de olas submarinas,
coros de peces zafiro…
para esa niña que canta sobre los delfines”


Sus piernas rozaban la hierba mientras corría tras una mariposa, pero sus deditos sólo lograban aprisionar el aire azul, que después se escurría de nuevo hacia arriba.
Corría, como en un baile de luciérnagas, de flor en flor:
-- Quiero la azul; no, la rosa, o aquella de pétalos de insecto. ¡Quiero todas!
Orquídeas, crisantemos, campanillas... iban sonrojándose a su paso. Y un pequeño pajarillo la observaba, subiendo y bajando su cresta.
-- ¿Es un rey?
-- Sí, un pequeño rey... de un árbol.
-- ¿Puedo ver su nido?
-- Sí, pero le asustarás. Oye como canta.
-- Parece una flauta. Yo también quiero tocar la flauta, señor Parus cristatus.
-- ¿Cómo sabes su nombre?
-- Me lo ha dicho.... él mismo -- reía.
Los colores del mundo se refrescaban con su voz; el agua hacía un alto en su camino para sentir el tacto impetuoso de sus pies y el sol llegó a la conclusión que una de sus manchas  solares se le había escapado.

La niña mojó sus manos con la pureza del manantial, quiso dar de beber a un perezoso gato; corrieron sus cabellos tras las plumas aladas del diente de león, y, llenas de tierra sus rodillas y su vestido, gritó: "¡Quiero ser viento y no parar nunca! Dile a Dios que me ponga alas, díselo. "

Después fue recorriendo las sombras de las copas gigantes, como sombrillas agujereadas, saltando de luz en luz, sin pisar los óvalos oscuros.
Quería darle la mano a las estrellas y girar...: una, dos, infinitas veces... Volaba su falda, se disparaban sus sueños como cohetes de espuma...

Y años más tarde, la vi saltando de palabra en palabra: Odontospermum, Lilium, Oryctes, Merops...; y mucho más tarde, buscando cada alma de la creación, vistiéndose con los brillos de todas ellas; entregándoles su mano sin cesar.

Pero aún quedaba la lección del fondo, la de cogerse los pies y rodar y rodar, y caer y caer... hasta extraer el último sentido de la Vida.

Con el Sentido en su pecho, llegaría al espejo de un gran lago y descansaría sobre él, provocando ondas de paz.

Y entonces, sí, alguien le diría a Dios que es hora de ponerle alas.




(Volarela, 2010)